Visado falso

Bertrand Irmàos imprimió los visados
La antigua imprenta Bertrand Irmàos imprimió los visados.

Se me ocurrió fingir que mi padre, al morir, había dejado ciertos fondos y acciones en Gran Bretaña, y que todos los documentos probatorios se hallaban en una caja de seguridad de un banco portugués.

Gracias a esta patraña y con la ayuda de mi amigo Zulueta, que ocupaba un cargo honorario en la policía monetaria del Banco de España, pude conseguir en seguida un visado de salida para Portugal.

Decidí abandonar España y establecerme en Portugal.

En Lisboa me instalé en el hotel Suiço-Atlántico de la Rua da Gloria y me inscribí como residente en consulado español.

Además, en el mismo consulado solicité un visado para Gran Bretaña para mostrarle a Federico pero me lo denegaron. Insistí, discutí y conseguí hablar con el embajador Nicolás Franco, hermano del jefe del Estado, que me aseguró que trataría de solucionar mi problema.

Los días fueron pasando y no me llegaba ninguna noticia, lo que me preocupaba mucho ya que cada vez era más urgente que regresara a Madrid para renovar el contacto con Federico.

Cuando estaba a punto de desesperar encontré otra salida.

Un falso visado diplomático

En mi hotel había un gallego que me mostró lleno de orgullo su visado diplomático especial. Era un papel con el membrete del Ministerio de Asuntos Exteriores y el escudo de España con un texto mecanografiado que solicitaba se le prestase toda la ayuda necesaria al señor Jaime Souza quien deseaba viajar a la Argentina. Debajo aparecía un sello del ministerio y una firma ilegible.

Decidí estrechar la relación con el propietario de un documento tan magnífico y pasé muchas veladas cultivando su amistad visitando juntos night-clubs y cabarets.

Me propuse invitar a Jaime a visitar el casino de Estoril. Quería fotografiar su visado diplomático porque si lograba una copia podría mostrarla a Federico como prueba de mi viaje a Inglaterra.

Compartimos habitación en el hotel Monte-Estoril y un fondo común para jugar en el casino. Una tarde, mientras jugábamos empecé a quejarme de supuestos dolores abdominales y le dije que tendría que volver al hotel. Le sugerí que siguiera jugando ya que estábamos pasando por una buena racha.

En hotel fotografié rápidamente su visado diplomático y regresé.

En Lisboa encargué dos ampliaciones de la fotografía, recorté el escudo de España de una de ellas y lo llevé a un fabricante de grabados para que me fabricaran una plancha de metal con ese diseño.

Con la plancha y una ampliación fui a la antigua imprenta Bertrand Irmàos fingiendo pertenecer a la cancillería española y les encargué doscientos ejemplares.

En otro lugar encargué un sello de goma idéntico al que se veía en la ampliación.

No sabía cómo iba  a usar mis formularios de visado recién impresos, así que me quedé con diez o doce y cuando los estaba ocultando en mi equipaje recibí una citación del consulado.

Allí me mostraron un telegrama firmado por el coronel Beigbeder, ministro de Asuntos Exteriores en el que se ordenaba otorgarme visados para toda Europa, excepto Rusia y para toda América, excepto México.