Aspirante a espía

Mis convicciones humanistas no me permitían cerrar los ojos ante el enorme sufrimiento que estaba siendo desencadenado por el psicópata Hitler. Tenía que hacer algo práctico; debía aportar mi contribución al bienestar de la humanidad.

Un día de enero de 1941, sin más preámbulos me presenté en la embajada británica en Madrid, ya que Gran Bretaña era el único país europeo que había conservado la independencia y estaba desafiando a los alemanes en una guerra que, sin ninguna duda, iba a ser larga y sangrienta.

Pasé del recepcionista a una secretaria, de un empleado a un funcionario de segundo orden, cada uno de los cuales se mostraba interesado por averiguar exactamente qué era lo que quería decir en la entrevista confidencial que pedía. Si creía que tenía algo de vital importancia que comunicar, debía ponerlo por escrito.

Yo no era tan ingenuo como para pensar que sería adecuado poner por escrito mis intenciones, que no eran ni más ni menos que ponerme a disposición del espionaje británico.

Debo confesar que mis planes eran bastante confusos. Pretendía continuar viviendo en Madrid para utilizar contactos y relaciones que no existían y que no eran más que ficciones.

Los alemanes

Se me ocurrió sondear al bando opuesto, pero utilizando un enfoque distinto al que había acabado en rechazo. Pieza a pieza fui elaborando un plan hasta considerar que era lo suficientemente bueno. No pedí consejo a nadie.

Para ofrecerme a los nazis, primero estudié su ideología. Luego llamé a la embajada alemana y pedí hablar con el agregado militar. Quería que con la máxima urgencia me pusieran en contacto con alguien a quien pudiera ofrecer mis servicios a la causa del Eje. Me indicaron que llamase al día siguiente.

Lo hice y la misma voz gutural con la que había hablado me comunicó que un caballero con el cabello rubio, ojos azules, vestido con un traje claro y que llevaba una gabardina en el brazo estaría esperándome en una de las mesas al fondo del café Lyon, a las cuatro y treinta de la tarde del día siguiente.

A la hora convenida me encontré con un alemán joven que se identificó como Federico. Al principio me pareció que atraía su atención, pero después de un rato se hizo evidente que su impresión no resultaba tan buena.

Me ofrecí a trabajar en la embajada y a establecer contactos. Le dije innumerables tonterías: que tenía amigos en los círculos diplomáticos y del gobierno y añadí verborrea sobre el nacional-socialismo.

La segunda entrevista, en la cervecería de Correos, fue mucho más fácil. Federico me comunicó que no les interesaban mis propuestas. Lo único que querían era material que fuese de utilidad para la Abwehr, el servicio alemán de espionaje y de contraespionaje militar.

Respondí, con un exceso de temeridad, que si ellos me podían conseguir un empleo como corresponsal extranjero de alguna revista o de algún periódico español, yo tenía lo que se necesitaba para viajar a Inglaterra: un pasaporte. Una vez allí podría enviarles información útil.

Federico pensó que era una alternativa mucho más interesante y me pidió tiempo para pensar en ella.