Primer agente

Sin la menor dificultad había entrado en Portugal con los tres mil dólares que Federico me había dado en Madrid. Enrollé sólidamente los billetes y los coloqué dentro de una funda de goma. Luego corté el extremo final de un tubo de pasta dentífrica, vacié la pasta, introduje los billetes en su lugar y enrollé de nuevo el extremo del tubo para que pareciese medio vacío.

Compré una guía turística Baedeker de Inglaterra, un horario de trenes Bradshaw y un gran mapa del Reino Unido y me retiré a Cascais para estudiarlo todo en detalle.

En octubre de 1941 envié mi primer mensaje a los alemanes desde Cascais, aunque Federico pensaba que yo estaba en Inglaterra.

Escribiendo con tinta invisible, decía que antes de abandonar Portugal había enviado por correo a la embajada alemana en Lisboa la llave de una caja de seguridad en el Banco Espíritu Santo, con la instrucción de que la enviasen a Federico, en la embajada alemana en Madrid.

Un piloto holandés

Seguía explicando que al llegar a Gran Bretaña había trabado conocimiento con el piloto de KLM que nos había conducido a Londres y me había hecho muy amigo suyo, presentándome como exiliado catalán que había tenido que huir debido a sus opiniones políticas.

Luego convencí al piloto para que llevase periódicamente mi correspondencia al Banco Espíritu Santo de Lisboa. En mi carta añadía que, al principio, el piloto no se había mostrado muy dispuesto a colaborar, porque quizá sospechaba algo. Sin embargo, le aseguré que todos los sobres que le entregase irían abiertos para que pudiese comprobar personalmente cuál era su contenido.

Por último, señalaba a los alemanes que pensaba ir a residir al lago Windermere, en el centro de Gran Bretaña, porque había oído que allí se encontraban estacionadas gran cantidad de tropas.

Tuve que idear esta historia acerca del piloto de KLM porque como seguía viviendo en Portugal, no tenía la más mínima posibilidad de que mis cartas fueran franquedas por el Servicio de Correo británico.

Aparentemente, esta primera carta consistía –en la superficie, escrita con tinta normal– en una entusiástica descripción de Inglaterra hecha por un catalán apasionadamente demócrata. Entre líneas, iba toda la información para los alemanes, escrita con tinta invisible.

Me había convertido en un auténtico espía alemán.