Hacia Londres

Desde el primer momento Demorest mostró un atento interés por mis palabras y pareció asombrado por mi relato. Me pidió pruebas, que le entregué de inmediato.

Por primera vez aparecía una oportunidad clara: había encontrado a la persona adecuada.

Finalmente, alguien iba a ayudarme a acabar con la misión que me había señalado a mí mismo. Justamente en aquel momento, mientras le narraba mi historia, caí en la cuenta de todo lo que aquello significaba. Empecé a vislumbrar el valor potencial de treta con la que me estaba enfrentando al Tercer Reich.

Demorest me dijo que un par de días confirmaría la verosimilitud de mi historia, se reuniría con sus colegas británicos y los convencería de que se pusiesen en contacto conmigo.

En Inglaterra alguien ya abrigaba la sospecha de que el espía que estaban persiguiendo era probablemente aquel agente libre que corría por Portugal. Pocos días después tuve una entrevista con Gene Risso-Gill, funcionario del MI6 en Lisboa, en la terraza de un bar de paseo marítimo, en Estoril.

Por fin aceptado

Tres días después Risso-Gill me telefoneaba para decirme que tenía instrucciones de enviarme a Londres.

Poco después fue a mi casa para decirme que en el Tajo se hallaba fondeado un convoy de cuatro navíos que se dirigía a Gibraltar, y que ya estaba todo arreglado para que yo saliese en uno de los barcos la noche siguiente. No podía llevar equipaje, pero tenía que entregarle la tinta invisible y el libro de claves a él, quien se encargaría de que llegasen a Londres.

Entrada a Inglaterra el 6 de abril de 1942.
Pasaporte con registro de entrada a Inglaterra.

El capitán del barco ya había recibido instrucciones precisas sobre lo que tenía que hacer conmigo al llegar a Gibraltar: me entregaría a dos funcionarios británicos, que me proporcionarían dinero y un alojamiento.

Navegamos a los largo de la costa durante veinticuatro horas. Cuando subí a cubierta el Peñón de Gibraltar se alzaba ante nosotros. A nuestro barco se acercó un bote y dos funcionarios subieron a bordo. Uno de ellos me comunicó que desde Londres le habían encargado que se ocupase de mí.

En tierra puso a mi disposición una habitación y me entregó un puñado de libras esterlinas para que comprase algo de ropa, ya que no llevaba ni el más mínimo equipaje.

Dudas

Dos días más tarde salí de Gibraltar en un avión terriblemente incómodo. Desde el avión eché una ojeada a Plymouth y repentinamente comprendí lo lejos que estaba de mi casa, a punto de entrar en un país extraño

¿Se mostrarían los ingleses amistosos?

¿Entenderían los motivos que justificaban todo lo que yo había hecho, y creerían en mis deseos de trabajar en beneficio de la humanidad?

¿Qué me depararía el futuro?