En Londres

Juan Pujol realizaba su labor de inteligencia desde una oficina en Jermyn Street –cerca de la sede del MI5– y vivía en una discreta casa de clase media en Hendon, al norte de Londres, en compañía de su familia –su esposa, Araceli; su hijo mayor, Juan, y el pequeño, Jorge, que nació en la capital británica en 1942–. Y por las tardes acudía a clases de inglés en la academia Berlitz.

Por entonces Londres sufría los terribles bombardeos alemanes. Juan, su  hijo, recuerda que cuando caían las bombas su madre los ponía en pequeñas cunas, atados con cinturones para evitar que se movieran.

Así describe su padre los bombardeos con las V-2, el primer misil balístico de combate​ de largo alcance del mundo:

Las bombas V-2 eran más terribles que las V-1. El 8 de septiembre a las 18:43 se oyó un ruido impresionante seguido por una gran explosión que convirtió en ruinas a unos veinte edificios del centro de Londres. Dieciséis segundos después desapareció una manzana en otro barrio de Londres, derrumbándose como si fuera un castillo de naipes. Nadie había oído el zumbido típico de las V-1, ni se había visto ningún avión en el cielo. Así comenzaron las V-2.

La primera V-2 cayó sobre una escuela y mató a setenta y ocho niños. Nadie supo de dónde había venido. Parecía haber caído de la estratosfera, y produjo un cráter de más de ocho metros de profundidad. todos quedaron sorprendidos al encontrar hielo en dichos cráteres, consecuencia del camino seguido en la estratosfera por la bomba. No existía defensa posible contra aquellas bombas volantes.

Los alemanes quisieron enterarse de cuál era exactamente el punto de impacto de cada V-2, de modo que les enviamos información falsa para asegurarnos que los cohetes caían en las afueras de Londres, y no en las zonas densamente pobladas. Sin embargo, el hacer tal cosa me remordía la conciencia. No era fácil encontrar áreas con escasa población en las cercanías de Londres, y yo sabía que el más mínimo error podía costar miles de vidas inocentes.