Vuelta a casa

El joven Juan Pujol
Retrato de juventud.

Regresé a Barcelona para asistir a un colegio de primera enseñanza que quedaba a menos de cincuenta metros de casa, dirigido por los hermanos de La Salle. Además, los cuatro hermanos recibíamos clases particulares de francés tres veces por semana. En aquellos tiempos el francés era lo que el inglés en nuestros días, la lengua universal del turismo, la diplomacia y los negocios.

Pronto descubrí que ni el colegio ni su director –mosén Josep, amigo de la familia– eran santos de mi devoción. Las clases parecían interminables, eran aburridas y yo asistía a regañadientes.

Después de pasar allí tres años eran un fornido muchacho de quince años con una barba incipiente. Poco después empecé a afeitarme y ya me creía todo un hombre.

Dedicaba mi tiempo libre a salir con chicas, a practicar deportes y a hacer excursiones.

Hasta que tuve un altercado con uno de mis profesores y le dije a mi padre que no quería seguir estudiando.

Aceptó mi decisión con serenidad y me dijo que si no iba a estudiar, tenía que conseguirme un empleo.

Primer trabajo

Empecé a trabajar en una ferretería en la antigua calle del Conde del Asalto, muy cerca de las Ramblas. Como aprendiz tenía que limpiar, hacer recados y volver a sus sitio las herramientas que los vendedores mostraban a los clientes.

Estas tareas tan duras y aburridas me hicieron recapacitar y renunciar a mi empleo.

Decidí estudiar filosofía y letras. Me fascinaba el origen de las palabras y devoraba los libros hasta que enfermé de apendicitis y me llevaron al hospital con urgencia.

Ya repuesto, abandoné mis propósitos de estudiar filosofía y letras y decidí dedicarme a la cría de pollos y fuí a estudiar a la Real escuela de Avicultura de Arenys de Mar.

En 1931, pocos meses después del nacimiento de la Segunda República murió mi padre, dejando un gran vacío.