Infiltrar a los rusos

El barco en que viajé a España era el Cabo de Buena Esperanza, y después de hacer varias escalas, llegamos finalmente a Barcelona.

Mi hermano Joaquín se había casado después de la guerra civil y tenía dos hijos varones. Por desgracia no vivió lo suficiente para disfrutar de la compañía de sus nietos, ya que murió a los sesenta y dos años de edad, víctima de forma indirecta, de las privaciones que pasó en el frente de guerra, subiendo y bajando montañas con su unidad del ejército republicano, en retirada hacia la frontera francesa.

Elena seguía soltera y Buenaventura estaba felizmente casada con el más delicado, trabajador, honrado y afectuoso de los hombres. Aunque ella y Frederic no tenían hijos, Dios había bendecido su matrimonio desde el principio, concediéndoles amor y armonía.

Nuevo objetivo: los soviéticos

Más tarde fui a Madrid para reunirme con Tommy Harris, que volvió a presentarme a Desmond Bristow, funcionario del MI6 que había pasado la última parte de la guerra en Gibraltar y en el norte de África.

Ambos formularon un nuevo proyecto que habían ideado: sugirieron que renovase mi contacto con el Servicio Secreto alemán que continuasen en España, y les ofreciese trabajar para ellos. de esta manera podría ponerme en contacto con aquellos alemanes que estuviesen en la zona de Alemania ocupada por los soviéticos.

En aquella época todos los servicios de inteligencia aliados se dedicaban a buscar funcionarios de inteligencia alemanes que estuviesen dispersos por Europa, con el objetivo de infiltrarse en el Servicio Secreto soviético a través de los alemanes que los rusos habían reclutado.

Acepté participar en este proyecto, aunque fue una temeridad por mi parte, viendo las cosas retrospectivamente: nadie sabía cómo reaccionarían los alemanes de Madrid al verme de nuevo.

De todas maneras, estuve de acuerdo y establecí contacto.