Descubierto

En Normandia con veteranos

Durante treinta y seis años viví pacíficamente en Venezuela. Fue una época de tranquilidad, ya que mi vida de acción –de lucha al servicio de la libertad y de mis ideales– ya se había acabado.

Luego en 1984, cuando menos lo esperaba, Nigel West logró romper la cobertura que había mantenido con tanto éxito, y encontró mi rastro después de una laboriosa búsqueda y una cuidadosa investigación.

Pocos días antes del cuadragésimo aniversario del desembarco del día D, me telefoneó desde Londres. Dijo que estaba muy contento de hablar con la persona a la que todo el mundo creía muerta.

Aunque yo quería olvidar todo lo relativo a la guerra, el insistió tanto que finalmente cedí. Me convenció de que me gustaría ver de nuevo a los antiguos compañeros, y me halagó mucho la idea de ser presentado a su alteza real el duque de Edimburgo, quien –según decía West– tenía muchas ganas de conocerme.

Me hizo tantas promesas y ofrecimientos que acepté su propuesta. Después de asegurarme de que todos mis contactos alemanes habían desaparecido o estaban muertos, decidí que había llegado el momento de que mi familia conociese mi pasado y supiese algo sobre aquella parte de mi vida que yo les había ocultado hasta ahora, por razones de seguridad.

Por eso volvía a Londres para recibir el agradecimiento personal del duque de Edimburgo en el palacio de Buckingham y el reconocimiento del pueblo de Gran Bretaña por todo lo que yo había hecho para ayudarles a conservar su democracia y su libertad, así como un ejemplo de gratitud por ayudarles en su valerosa lucha contra los nazis.

Fue su resuelta actitud y su talante humano lo que me llevó hace tantos años a ofrecerles, para trabajar codo a codo en favor de la victoria, cuando se libraba la batalla entre el bien y el mal.

Sin embargo, mi principal orgullo y mi satisfacción, cuando ahora miro hacia atrás, ha sido saber que contribuí a reducir el número de bajas entre los miles de soldados que luchaban por conquistar las cabezas de playa de Normandía

Hubieran perecido muchos más si nuestro plan hubiera fracasado y los alemanes hubiesen contraatacado con furia.

Juan Pujol fue recibido con honores en Europa pero además pudo, después de muchos años, ver a sus hijos. Así lo relatan Jorge, Juan y María.