Con los espías nazis

Abwehr radio
Miembro de la Abwehr trabajando en el Servicio de Radio Secreta. Wikimedia Commons

Telefoneé al número 333572 de Madrid, y pregunté por Gustav Knittel –el verdadero nombre del agente Federico de la Abwehr–, que vivía en la plaza Aunós, 6.

Una voz me contestó que él no estaba allí porque vivía fuera de Madrid. La persona que podía darme más detalles era Eberhardt Kiekebusche, que vivía en la calle Sil, 5, de la Colonia El Viso de Madrid.

Nunca había tenido un trato directo con Kiekebusche, pero al llegar a su casa pareció muy satisfecho de verme y me invitó a comer. Kiekebusche tenía un aspecto muy prusiano, había tenido el rango de comandante de la Abwehr, y era un excelente amigo del almirante Canaris. Había estado en España desde el comienzo de la guerra civil, y llegó al mismo tiempo que la Legión Cóndor.

Gratitud por mi tarea en favor del Reich

Nos encerramos en su oficina y empezó a mostrarme la mayor parte de los mensajes que le había enviado. Hasta llegó a mostrarme el libro que habíamos utilizado para enviar objetos, dentro del espacio formado por el centro de las páginas cortadas de modo que su interior sirviese como caja secreta.

Me habló de nuestra tarea y me explicó que las cosas eran muy difíciles para los alemanes vencidos. Me dijo que dirigía una empresa de importación y exportación, que le iba bastante bien, y me ofreció ayuda en lo que estuviese a su alcance.

Luego me entrego 25.000 pesetas, como prueba de gratitud por todo lo que yo había hecho en favor del Reich.

También me dio la dirección de Federico, y me dijo que se ocultaba en una pequeña aldea de la sierra de Guadarrama.

Con mi antiguo contacto

Federico no se encontraba nada cómodo cuando fui a verle. Me dio la sensación de que era un hombre aterrorizado. España constituía un país relativamente seguro para que en él se ocultasen funcionarios nazis, pero muchos miembros del servicio de inteligencia parecían temer ser secuestrados o eliminados por sus colegas del bando aliado.

La derrota alemana había sumido a Federico en una gran tristeza, de manera que continué representando mi papel de simpatizante nazi y le dije que ya vendrían tiempos mejores.

Le ofrecí mis servicios, y le comuniqué que me gustaría seguir trabajando para él.

Lo aceptó de muy buen grado y me aconsejó que concertase todos los detalles con Kiekebusche.

Sin plan

Volvía a Madrid y me encontré de nuevo con Kiekebusche, quien me manifestó que todos los miembros del Servicio Secreto alemán en España se habían dispersado o habían perdido el contacto entre sí. Agregó que su viejo amigo Canaris había sido ejecutado por los propios nazis y que la mayoría de sus oficiales superiores estaban muertos o habían sido detenidos.

En consecuencia era difícil que él pudiese hacer ningún plan ya que no existía la más mínima organización; tendría que esperar un tiempo.

Le conté que yo pensaba establecerme en América del Sur, y entonces me dio la dirección en Barcelona de varias personas que quizá me fuesen útiles, si tenía la intención de importar artículos españoles.

Federico se había mostrado muy crítico de Hitler y de su manera de conducir la guerra, pero Kiekebusche fue mucho más prudente y señaló que los nazis habían sido derrotados por su mala suerte.

Un secreto bien guardado

Desde Madrid viajé a Lisboa. Sin la menor duda, la habilidad con que Risso-Gill había tratado a las autoridades portuguesas cuando tuve que abandonar el país con tanta precipitación en 1942 había evitado las dificultades con la policía fronteriza de Portugal. Al llegar a Lisboa me reuní con Tommy Harris, quien me llevó a visitar a Risso-Gill.

Ninguno de los dos podía creer que yo hubiese estado visitando realmente a mis contactos alemanes en Madrid. lo encontraron absolutamente increíble y quedaron estupefactos ante mi temeridad.

Para mí, aquello había sido una última prueba irrevocable de que mi doble identidad –Arabel-Garbo–  había constituido hasta el final un secreto impecablemente guardado.